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Despertó, un relato de José del Caño

#sueñosderobotCYLCON

Lo primero que sintió al abrir los ojos fue angustia. Angustia por ser incapaz de comprender lo que estaban percibiendo sus sentidos.

Tenía instalado todo el software necesario para percibir lo que sucedía a su alrededor, pero en su memoria aún faltaban los bancos de datos adecuados para poder identificar la realidad. Veía, oía, olía y sentía todo, pero no conseguía comprender nada. Era como un recién nacido, pero sin el instinto de querer abrazar a la madre.

No pudo reconocer a los humanos brindando. No logró comprender que aquel pequeño grupo de informáticos e ingenieros, gritando y dando saltos de alegría, festejaba su puesta en funcionamiento. El robot funcionaba y, por ello, el champan corría. El gobierno estaría encantado cuando le llegasen los primeros informes del proyecto. Los millones de euros que había invertido por fin empezaban a dar resultados.

Al poco rato del “nacimiento” empezaron con la primera prueba. El tacto suave del osito de peluche resultó agradable al androide. Sonrió. Por un momento su angustia se fue. Los programadores lo celebraron de nuevo entre aplausos y risas. Quiso aumentar aquella grata sensación por lo que apretó al muñeco con más fuerza hacia él. Hasta que la tela del peluche no pudo soportar el aplastamiento, desgarrándose y dejando que el algodón brotase de su interior. La alegría del autómata se transformó en asombro y luego en decepción, hasta cambió el gesto de su cara. Los ingenieros informáticos comprendieron que habían cometido un error y la única manera de subsanarlo era instalarle conocimientos para que, él mismo, controlase sus funciones. Si no lo hacían, el androide, sería un peligro. Aunque su aspecto era humano, poseía una fuerza descomunal.

Todo le llamaba la atención, pero, sin duda, lo que más interés provocaba en el autómata fue el movimiento de los humanos. Se levantó de la camilla y fue hacia el más cercano con la intención de tocarlo, pero el programador no dudó ni un instante: descargó su taser en el robot y, este último, sintió dolor por primera vez. Pese a no saber qué era esa sensación, no le gustó nada. Así fue como entendió que no todos los contactos físicos eran gratos y que era mejor mantenerse alejado de aquellos seres que producían efectos tan desagradables. Se mantuvo aislado en una esquina, sin dejar que nadie se acercase, hasta que decidieron apagarlo.

Para que el robot fuese operativo, los programadores, tenían dos importantes tareas por delante.

La primera era introducir datos en su memoria. La denominaron parte física. No se podría hacer del mismo modo que con un bebé pues el funcionamiento de la comprensión en un robot es distinta que en los humanos. Tendrían que almacenar terabytes de datos en su disco duro: documentos escritos, imágenes, archivos de video y de audio… Muchos recuerdos que una persona, más o menos culta, podría necesitar. Esta era la parte fácil. Pudieron hacerla con el robot apagado.

La segunda sería la parte funcional. La parte complicada y tediosa. El robot tendría que aprender a trabajar con los archivos que habían introducido en su memoria. Sólo de esta manera podría interactuar con el medio que lo rodeaba. Esto únicamente podía conseguirse a base de proponer ejemplos al robot y que sus algoritmos eligieran. Para cada acción o reacción que debía aprender, necesitaría comparar los millones de ejemplos almacenados en su disco. A esta forma de aprender, la llamaron “aprendizaje profundo”.

Encendieron de nuevo al robot y comprobaron en él una inevitable aversión hacia los humanos. El incidente con el taser se había grabado a fuego en su memoria. Rehuía todo tipo de contacto con los programadores, incluso agitaba sus brazos si estos se acercaban. Hubo que desconectar y formatear por completo su memoria para borrar aquel suceso y, después, instalaron de nuevo la programación sensorial y la cultura. Solamente entonces se atrevieron a encenderlo, protegiéndose detrás de un cristal blindado.

El primer ejercicio volvió a ser el contacto con un peluche, y obtuvo las mismas consecuencias: este último acabó destrozado, y el robot se frustró. Luego vinieron latas de refrescos, libros, almohadas y todo lo que los ingenieros tenían a mano. Poco a poco fue comprendiendo que la resistencia de los objetos dependía de sus materiales de fabricación. Al final del día, uno de los humanos ofreció su mano al robot y, este, se la estrechó con la mayor de las delicadezas. Otro gran logro y otra celebración.

Siguieron meses de aprendizaje con miles de ejemplos prácticos y teóricos.

Los informes al gobierno no pudieron ser mejores, por lo que aumentaron la beca para el experimento. Al grupo de ingenieros se unieron un profesor de primaria, otro de secundaria, un psicólogo y un logopeda.

Consiguieron hacer que vocalizase monosílabos. Luego palabras de varias sílabas. Y por fin lo intentaron con frases sencillas. La primera vez que dijo algo coherente fue: ¿Por qué me hacéis esto?

Aunque la pronunciación fue desastrosa, el tono de lástima era inconfundible. Algunos humanos se vinieron abajo al escucharlo. Sabían que el robot estaba equipado con hardware y software específicos para captar y sentir lo que le rodeaba, pero nunca se les ocurrió que aquella cosa pudiese sufrir emocionalmente hasta que oyeron aquella frase. Se plantearon muy serias dudas entre el equipo. ¿Debía continuar el aprendizaje del robot? Algunos tuvieron claro que moralmente no se debía seguir provocando sufrimiento a un ser sensible. Otros, en cambio, opinaban que aquella frase sólo había sido un conjunto de palabras pronunciadas al azar. Para estos últimos, el orden de la frase sólo había sido una coincidencia. Los profesores y el logopeda decidieron abandonar el proyecto. Sus dudas sobre la moralidad del experimento les impidieron seguir en él.

De momento, dejaron de lado las pruebas lingüísticas y continuaron con otras más centradas en el conocimiento del medio. En la primera ocasión en que intentaron sacarlo del laboratorio, el robot mostró nerviosismo y enfado, incluso llegó a amenazar a los humanos. Tuvieron que centrar su software de aprendizaje en los archivos relacionados con las dimensiones espaciales y los lugares. Tras comparar miles de archivos, el androide comprendió que el universo no acababa en la puerta del laboratorio y accedió a salir. El cielo, el Sol, el vuelo de los pájaros…  Lo que captaron sus ojos le pareció maravilloso, o eso parecía por la expresión de su cara. A partir de ese momento, el aprendizaje, resultó mucho más rápido y satisfactorio.

Hasta que llegó un fatídico día. El robot se encontró frente a frente con un humano. Le cedió el paso y el hombre se lo cedió a él. Se apartó al mismo tiempo que lo hizo el humano. Después de un rato de intentar dejar pasar a alguien que imitaba todos sus movimientos, comprendió que estaba frente a un espejo: el fantástico efecto de la reflexión en todo su esplendor. Pero el robot no pudo entender su propio aspecto. Sin duda parecía una persona. ¿Era una persona? ¿Si era humano por qué no había tenido niñez? ¿Y dónde estaban sus progenitores? ¿Por qué no lo alimentaban con restos orgánicos? Por muchos datos que comparó, no pudo encontrar respuestas. La frustración que sentía dio paso a una ira demencial que lo empujó a golpear su puño contra el espejo, partiéndolo en pedazos y cortándose los nudillos. Sintió dolor, pero sin que ni una gota de sangre brotase de su mano. La ira se convirtió en curiosidad y, a través del corte, pudo ver algunos de los componentes electromecánicos que formaban su miembro. Comparó datos, pero no había respuesta para aquello. El examen no daba resultados y la temperatura de su memoria aumentó hasta entrar en situación crítica. Ni siquiera el sistema de climatización del laboratorio conseguía evacuar tanto calor, algo inaudito hasta entonces. Cuando los ingenieros comprendieron que los circuitos del androide estaban a punto de fundirse, lo apagaron.

Después de instalar varios gigas de archivos sobre máquinas y robots, volvieron a activarlo. Al encontrar la respuesta en los nuevos datos pudo comprender su naturaleza artificial, pero aquel nuevo conocimiento no surtió el efecto que sus creadores esperaban. Se dirigió a sus creadores y preguntó: ¿Por qué me hacéis esto?

Volvió a surgir la incertidumbre entre los humanos. Solo había una forma de proseguir el experimento que estaban llevando a cabo: autoconvencerse de que los sentimientos y emociones que había mostrado el robot no eran más que simples reproducciones de las reacciones humanas. Según ellos, su ira, su nerviosismo o su alegría, no eran reales. Solamente imitaba lo que había encontrado en su memoria. Y para terminar de demostrar su teoría, decidieron hacer la prueba definitiva. La que eliminaría toda duda. Estaban seguros que el robot no era capaz de enamorarse. Aquella decisión provocó que uno de los programadores abandonase el proyecto, pues consideraba que intentar aquello era una ofensa contra Dios.

Lo primero que debían comprobar era el tipo de sexualidad que elegiría el robot. Su físico era el de un varón, pero nunca se había definido como tal. Tampoco como mujer. Instalaron casi un terabyte de nuevos archivos: literatura y películas sobre relaciones de pareja, tanto dramáticas como románticas. También estudios de psicología sobre el tema y pornografía de todo tipo.

Como el robot solamente había tratado con el grupo de hombres del equipo, decidieron que, para que definiese su sexualidad, tendrían que incorporar a mujeres entre los conocidos del androide. Incluyeron en el estudio a una informática, dos profesoras y una logopeda para cubrir los puestos que habían quedado vacíos, pero los hombres tenían muy claro que la función principal de ellas era relacionarse con el robot. Nunca advirtieron de sus intenciones a las féminas. Ansiaban continuar su proyecto y no les importaba cual pudiera ser el precio.

Las nuevas profesionales reiniciaron la enseñanza del lenguaje al robot, que  avanzó hasta conseguir mantener conversaciones fluidas con los integrantes del grupo. Por desgracia, todos sus diálogos eran bastante pesimistas. El robot había adquirido consciencia de su condición de único de su especie y esto lo deprimía bastante. Pese a estar siempre rodeado de humanos, hasta la última instalación de datos, nunca había comprendido la soledad que lo acompañaba. Necesitaba amar y ser amado, pero por un individuo de su especie. El plan de enamorar al robot se había derrumbado nada más empezar a ejecutarlo.

Ante el nuevo problema, los humanos, sopesaron crear otro autómata que acompañase a este, pero la escasez de presupuesto lo hizo inviable. Los ingenieros informáticos habían tardado varios años en conseguir permisos, diseñar y ensamblar al androide, por lo que el gobierno se negó a aumentar las becas.

El desánimo aumentaba día a día en el robot, y el psicólogo no podía hacer nada, en sus terapias, para evitarlo. El androide parecía decidido a terminar con su existencia, pero el especialista no podía permitirlo: el trabajo con el autómata había costado demasiado dinero y esfuerzo. Por eso decidió intentarlo por su cuenta. No contó a ninguno de sus compañeros que iba a enamorar al androide.

En las siguientes sesiones con el autómata, dejó caer algunos halagos hacia este último. Le mencionó lo inteligente que parecía y los buenos modales con que se comportaba. A la tercera sesión, el androide se sentía mucho mejor. Los humanos notaron el cambio. Las terapias dejaron de serlo y se transformaron en conversaciones de amigos. El psicólogo presumía del robot ante las demás personas, procurando que este siempre lo oyera, y continuó con las técnicas de seducción que tantas veces habían funcionado en la historia de los humanos.

Pasaron los meses y ocurrió lo inevitable: la ingeniera recriminó públicamente al psicólogo por la falta de ética con que utilizaba al autómata. En ese momento, el androide comprendió lo que estaban haciendo con él y, en un ataque de furia, asestó un puñetazo brutal en la cabeza del psicólogo. El humano murió en el acto. Desconectaron al robot y el experimento fue clausurado por el gobierno.

Casi diez años después y tras varios cambios de gobierno, el estado decidió reabrir el proyecto. Tenían al androide atado a una camilla. La antigua informática ahora estaba al frente del experimento. Fue la primera que se acercó al robot cuando este despertó.

—¿Por qué me hacéis esto? —Preguntó el robot.

—Necesitamos saber cuál fue la razón verdadera por la que mataste al psicólogo —dijo la informática—. ¿Fue por despecho al saberte engañado?

—¿Con qué palabra definirías el acto con el que acabé con su vida? —Preguntó el androide.

—Homicidio.

—Estás equivocada. No fue homicidio. No puedo ser un homicida. Los homicidios son perpetrados por humanos contra otros humanos. Y yo soy una máquina.

—¡Aun así creemos que tienes sentimientos!

—Esa es la razón verdadera. Me habéis reactivado, para confirmar si realmente tengo sentimientos o sólo son reproducciones de los datos que me archivasteis.

—Sí, así es —dijo la informática—. ¿Me vas a responder a esta duda?

—Respóndeme tú a mí. ¿Los sentimientos que tenéis los humanos, son sentimientos reales o son sólo reproducciones de los registros de vuestra memoria?

Nadie quiso responder a aquella pregunta. ¿Puedes hacerlo tú?

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