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Radiocasete, un relato de Patricia Reimóndez Prieto

#playaomontañaCYLCON

Caminaba hacia el noroeste, siempre hacia el noroeste, con una mochila enorme de montaña a la espalda y una riñonera en su cintura. Caminaba escuchando una canción, siempre la misma. Se reproducía en un antiguo radiocasete, una reliquia que encontraron sus hijos en el desván de la casa de sus abuelos. Lo llevaba enganchando en la mochila y, al mismo tiempo que la música sonaba, ella cantaba.

—Andar a saltos entre el tráfico. Leer a medias el periódico.

Llevaba andando muchas semanas siguiendo el mismo rumbo. Pronto volvería a ser su cumpleaños y su único deseo era tener la oportunidad de celebrarlo igual que la última vez: con su mujer y sus dos hijos. En aquella ocasión le hicieron un bizcocho que se quedó raquítico por no tener levadura y utilizaron un palillo a modo de vela. Al soplarlo deseó que todo siguiera como estaba, que no fuera a peor, que, ya que todo se había ido al carajo, el mundo siguiese sin acordarse de ellos y les dejara vivir allí tranquilos, en la casa que heredó de sus padres en un olvidado pueblo de montaña. No se cumplió.

Colarnos juntos en el autobús. Cantar hasta quedar afónicos.

Después de comer el bizcocho conmemorativo de su cuarenta y cinco cumpleaños, pusieron música en ese mismo radiocasete que llevaba ahora a cuestas y bailaron la misma canción que ahora cantaba, que no dejaba de cantar. «Otra vez, mamá —le pidieron sus hijos—, ponla otra vez». Tuvo que modificar el reproductor para que, en vez de necesitar pilas, funcionase con luz solar. Entre bis y bis, se reivindicó ante su mujer: «¿Ves?, casarte con una científica loca tenía sus ventajas». Ella se burló, como siempre: «¿Y no podrías hacer un tinte orgánico para mis canas? Y, de paso, para las tuyas también».

Figúrate. Dos locos sueltos en plena calle.

La carretera estaba ajada y polvorienta, llena de hojas, ramas, incluso algún árbol caído. Era difícil, por mucho trayecto que se recorriera, encontrarse con otro ser humano. Que quedaran pocos en aquella situación era más bien una bendición. Volver a ver un rostro, si este resultaba desconocido, solo significaba una cosa: problemas.

La misma cama. Y un bocadillo a media tarde.

Frente a ella divisó algunas casas. La carretera atravesaba un pueblo bastante grande, al menos más que los últimos que había encontrado. Se desvió de la ruta para investigar un poco. Quizá encontrarse algo de utilidad y, si le alcanzaba la noche, podría refugiarse en una de aquellas casas, la que mejor conservada estuviera.

Hacer del lunes otro sábado. Cruzar en rojo los semáforos.

Alguien que miraba con sus ojos siempre hallaba cosas aprovechables. Nadie, cuando el mundo según lo conocían llegaba a su fin, se llevaba lo productos de limpieza, por ejemplo, o los medicamentos caducados, o esta arandela, o esta sartén pequeña casi sin usar que remplazaría a la que ya tenía y que era perfecta para saltear cualquier tipo de insectos.

«Mmm, sardinas y…—pensó al descubrir dos latas de conservas al desplazar un armario para las escobas en la que debía ser la despensa— qué asco, anchoas».

Guardó la primera y dejó la segunda a la vista para el siguiente saqueador.

Juntos, un día entre dos, parece mucho más que un día.

El estribillo de la canción traía a su memoria últimas veces, todas ellas. Bailaban, ella y su mujer, agarradas como en las verbenas de antes, y así, al cabo de unos cuantos pasos, se besaban. Sonrió, porque como siempre que ese beso se alargaba demasiado, sus hijos se metían entre ellas para separarlas.

Juntos, amor para dos, amor en buena compañía.

Les había enseñado bien: cómo potabilizar el agua, cómo distinguir las plantas y los hongos comestibles de los venenosos, pero, sobre todo, cómo orientarse. Y se repetía que no estaban solos, no estaban solos, ella les protegía.

«Coge tu arma, vamos —le dijo a su mujer—, y las mochilas, tenemos que irnos. Ya». Desde lo alto del granero, donde había montado un pequeño mirador, pudo verlos a través del catalejo: diez personas, hombres y mujeres, ascendían por la estrecha carretera que llevaba hasta su pueblo. Contó cinco armas de fuego y muchas más de las llamadas blancas. «¿Habéis cogido todo?», le preguntó a su familia, ellos solo asintieron. Habían planificado aquella huida al milímetro y la habían ensayado hasta la saciedad, pero ahora que había llegado el momento de ponerla en práctica, aparecieron las dudas. «Déjalo, vámonos todos juntos», le pidió, casi suplicó, su mujer. «Si no lo hago vendrán tras nosotros», le respondió. «Eso no lo sabes», insistió su mujer. Y en lugar de asentir, en lugar de cogerle la mano, de ir con ella y los niños, prefirió decir: «No correré ese riesgo».

Si tú eres así, qué suerte que ahora estés junto a mí.

Su mujer y sus hijos emprendieron el camino de huida primero mientras ella preparaba todo para que, cuando aquella milicia o guerrilla o como demonios se autodenominaran entrara en su casa, ya nunca más volviera a salir. Esperó a que todos estuvieran dentro. Lo hicieron en cuanto los dos primeros anunciaron, a gritos, la maravilla de choza que acababan de encontrar.

Le costó pulsar el botón que comenzaría la reacción en cadena que acabaría en una gran explosión. Le costó porque ese gesto destruiría años de trabajo metódico, no solo para reformar la casa, sino para conseguir hacer realidad su proyecto personal: un hogar autosuficiente y ecológico. «Bueno, míralo por el lado bueno —recordó las palabras de su mujer—, gracias al apocalipsis, ya no te meterán en la cárcel por tu casa ilegal». Sonrió, una sonrisa amarga marcada por las lágrimas que comenzaban a inundar sus ojos.

Cuando su voluntad consiguió vencer a sus sentimientos, se fue corriendo por el camino que había creado para facilitar su huida sin ser vista. Tenía un minuto para conseguir la distancia segura antes de la detonación. Había marcado en rojo dos árboles para indicarle que a partir de ellos la onda expansiva ya no la alcanzaría. Al sobrepasarlos se detuvo para mirar atrás. Anochecía; más allá del lugar que había sido el hogar de su familia durante casi cinco años el cielo era naranja y rojo, como el fuego. Su casa estalló, ardió y se fundió con los colores del horizonte. La contempló consumirse y se despidió de ella murmurando un gracias y un adiós.

—Juntos, café para dos, fumando un cigarrillo a medias.

Corrió por el sendero esperando divisar más temprano que tarde tres figuras. Corrió y corrió y, cuanto más avanzaba, más desesperada se sentía. No podían estar tan lejos, no les había dado tiempo a recorrer tanto, ¿verdad? Maldijo por haber tardado tanto en pulsar aquel botón. Maldijo por haberse detenido, por mirar atrás, por quedarse contemplando cómo desaparecía su adorada casa. Maldijo y maldijo y se culpó.

Se detuvo para tomar aire, para llorar desconsolada. ¿Y si se habían equivocado de camino? ¿Y si lo había hecho ella? «No seas imbécil —le dijo su mente, la parte de ella que no quiso rendirse—. Saben perfectamente hacia dónde ir, igual que tú. Así que deja de hacer el idiota y continúa. Continúa y no te detengas jamás». Sacó de su mochila una linterna que funcionaba con energía cinética. Giró su manivela con fuerza, con determinación, e iluminó el camino con su luz. Avanzó durante toda la noche sin descanso, guiada por la brújula que llevaba en un bolsillo. Sus hijos tenían cada uno la suya. La seguirían como hacía ella, lo harían, les había enseñado bien. Y no estaban solos, no lo estaban, ella les protegía.

Al alba lo encontró, caído entre unos matojos. Era el radiocasete. Habían pasado por allí. Lo cogió, comprobó que aún funcionaba y lo colocó en el exterior de su mochila usando parte del alambre que llevaba en ella. Siguió su camino en silencio durante días, muchos días, hasta que en uno de sus amaneceres quiso escuchar otra vez cierta canción.

Juntos, cualquier situación, de broma entre las cosas serias.

—Eh, señora —oyó a alguien a su espalda pero lo ignoró—. Espera un momento, no te vayas.

Siguió andando por una de las calles de aquel pueblo fantasma, escuchando los pasos del desconocido tras ella. Caminaba despacio, señal clara de que no tenía prisa por alcanzarla, señal, a su vez, de que no estaba solo.

—Se acabó el paseo, vieja.

Salió de una calle perpendicular y con su cuerpo le bloqueó el camino. Miró atrás para comprobar que ya no era una persona la que la seguía, sino dos más. Eran cuatro en total, el que parecía llevar la voz cantante y se encontraba frente a ella, y dos hombres más una mujer a su espalda.

—No queremos hacerte daño. Si haces lo que te digamos…

Lo dejó con la palabra en la boca, pocas ganas de escuchar tonterías le quedaban a su edad. Mientras aquel payaso soltaba su discurso de ladrón callejero, ella se metió en la casa que tenía a su derecha. Con calma, buscó una habitación que no fuera demasiado grande y uno de los dormitorios le pareció perfecto. Allí esperó a que la chusma la alcanzara.

—Te lo dije —habló la mujer—. Esta tía está medio loca.

—¿Qué te pasa? ¿Querías intimidad? —preguntó jocoso el líder de tan ridícula banda—. Me halagas, pero no eres mi tipo, las viejas chifladas no me la levantan.

Los cuatro se rieron a la vez, pero esa risa se fue apagando poco a poco al ver que ella, como única reacción, cantaba.

Daaara, darararará —tarareó sin dejar de mirarlos—. El mundo entre dos, diciendo a los problemas adiós.

La canción terminó y el botón de reproducción del radiocasete saltó al llegar al final de la cinta. Rodeada de la escoria en la que se había convertido lo poco que quedaba de humanidad, recordó a su hijo mayor, once años, y a su hija pequeña, nueve, observando atentos cómo pelaba y empalmaba cables, cómo los soldaba con estaño al pequeño panel solar y luego los unía a la parte trasera del radiocasete, justo en el lugar donde deberían ir las pilas.

—Vamos, deja la mochila en el suelo —le ordenaron apuntándola con todo tipo de armas caseras hechas a base de cuchillos, hoces o machetes.

Con tranquilidad se quitó la mochila de la espalda y la posó a sus pies. Y, sin perder la calma, sacó del petate una máscara antigás. Podía decirse que era tan casera como las armas con las que la amenazaban, al fin y al cabo fueron sus manos las que unieron dos piezas pensadas para usos bien distintos: unas gafas de buzo de goma negra y una mascarilla blanca de pintor de chapa de automóvil.

—¿Qué demonios es eso? —dijo el cabecilla al ver que se ponía la máscara—. ¿Qué cojones crees que haces?

Ajustó la máscara alrededor de sus ojos y de su boca pensando en sus dos hijos, en sus caras mirando sin pestañear cómo ella colocaba las placas solares del radiocasete bajo los rayos del sol. No vio a los descerebrados acercándose a ella con sus armas al frente, su mente estaba en otro tiempo. «¡Tachán! —les dijo a sus hijos al ponerlo en marcha, en cuanto sonaron los primeros acordes—. Magia».

—No es magia, mamá —dijo en voz alta repitiendo las palabras de sus pequeños mientras sacaba de la riñonera un par de mini globos llenos de líquido—. Es ciencia.

Lanzó los globos al suelo que estallaron a sus pies. Una nube amarillenta comenzó a llenar el aire a su alrededor. Esperó de pie mientras ellos se ahogaban en gas tóxico, destilado y decantado en medio de un bosque sobre una modesta hoguera. Tardaron entre tres y cuatro minutos en morir. Minutos en los que sus hijos sonreían mirando al viejo reproductor, escuchando una cinta tan antigua que tenía más años que cualquiera de sus madres.

Cuando los cuatro cuerpos yacían retorcidos y con los ojos desorbitados en el suelo, salió de la habitación. De nuevo en la calle, se quitó la máscara y la guardó en la mochila. De uno de los bolsillos laterales cogió un bolígrafo. Abrió la tapa del radiocasete y extrajo la cita. Con el bolígrafo la rebobinó contando mentalmente el número de vueltas que debía dar y la volvió a colocar en el aparato reproductor. Pulsó play y se colocó la mochila a la espalda. Y continuó su camino hacia el noroeste, siempre hacia el noroeste, cantando:

Te quiero mucho. Aunque te suene a lo de siempre.

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