Nuestros socios escriben

Promesa cumplida, un relato de Kate Lynnon

—¿De veras crees que el príncipe Kayran se fijaría en un engendro como tú?

De reojo veo cómo el puño de Sherath se cierra con fuerza. Las palabras de la princesa le duelen de verdad; aun así, se yergue orgullosa y estira los músculos, cubiertos de pelo verde. Sus hombros y su pecho parecen aún más amplios al colocarse en posición defensiva, y su respuesta suena como el gruñido de un animal salvaje a través de sus colmillos apretados.

—Acabemos con esto de una vez, Aika de Remyn. Acepto el duelo al que me has retado.

Aika asiente. Desearía borrarle esa sonrisa de suficiencia de un puñetazo, pero sé que debo mantenerme al margen. Además, ni transformada podría enfrentarme a la princesa y todos sus acompañantes. Uno de ellos la ayuda a bajarse del caballo y le tiende su espada, un arma tan esbelta y majestuosa como ella. Retrocedo unos pasos al tiempo que Sherath desenvaina el enorme y tosco sable que lleva al cinto, y todo parece detenerse.

Allí estamos, en medio de esa gran explanada a las afueras de Horosh: a un lado, la heredera al trono de Remyn y prometida del príncipe de Horosh, con su armadura reluciente y su cabellera dorada oculta bajo el yelmo, acompañada de unos diez hombres armados que observan la escena burlones y expectantes; al otro, Sherath, tres cabezas más alta y cuerpo y medio más ancha que ella embutida en las pieles que viste cuando viaja.

Y yo, preocupada por mi querida amiga. Aún no puedo creer que hayamos llegado a esta situación por algo tan simple como un hombre.

Uno de los hombres de Aika indica a ambas contrincantes dónde deben colocarse y cuenta hasta diez. El combate comienza y yo contengo la respiración.

Sherath lanza un grito y echa a correr hasta la noble. Espada y sable chocan. Una y otra vez. Aika repele las estocadas sin esfuerzo, sin apenas variar su posición. Sherath aúlla. Una fina línea de sangre acaba de brotar en el brazo con el que sujeta el arma. La rabia del corte la impulsa a atacar de nuevo. Aika consigue bloquearla.

Si continúa así, se cansará enseguida. La princesa podrá ser una arrogante, pero sabe manejarse en la lucha. Gira y esquiva con la agilidad de una bailarina élfica. También es rápida y astuta como los miembros del gremio de ladrones, y solo da un golpe cuando está segura de que será efectivo. Se me hace un nudo en la garganta al pensar en las pocas probabilidades que tiene Sherath de salir victoriosa. Gracias a su sangre troll, mi compañera es mucho más grande y fuerte que cualquier humana, pero no ha recibido la formación de una hija de noble cuna. No he podido enseñarle tanto como desearía.

Se oyen risas alrededor del semicírculo que han formado los caballeros de Remyn tras su señora. Algunos de ellos vitorean o silban. Sherath acaba de caer al suelo. Al ponerse en pie y retirarse la larga trenza caoba, me fijo en el tajo que le surca el hombro izquierdo. Su corpachón vibra entre jadeos y sus movimientos son más lentos y pesados. Una vez más, me pregunto si debería intervenir.

Desde luego, una buena llamarada cerraría la boca a los hombres de Aika.

Las dos hojas metálicas se chocan nuevamente. Sherath apenas tiene tiempo de alzar el sable cuando Aika rasga su casaca. Los caballeros sueltan una carcajada.

—Aún estás a tiempo de rendirte, troll —le advierte la princesa mientras se retira de una zancada, la espada aún lista para atacar.

—Jamás —brama Sherath.

Con el torso al descubierto y un rugido, mi amiga se abalanza sobre su oponente. Esta pierde el equilibrio por un momento. Pronto se repone y responde con más furia. Una gota de sangre le resbala por el ancho cuello verde.

Aika está enfurecida de verdad. Sus siguientes embestidas son tan frenéticas y poderosas que apenas puedo seguir sus movimientos. Lo siguiente que veo es a Sherath tendida a mis pies y a su rival sentada a horcajadas sobre ella con la punta de la espada apuntándole al corazón. Ahogo un grito.

En el último momento, la princesa deja caer su arma al suelo con un tintineo.

—Has tenido suerte, troll —dice con desdén—: hoy me siento magnánima. Te perdono la vida a condición de que no vuelvas a acercarte a Remyn ni a Horosh en el resto de tu miserable vida. Y, por supuesto, si vuelves a molestar a mi prometido, te rebanaré ese asqueroso cabezón.

Antes de apartarse de Sherath, Aika le propina una patada en el vientre. Con la ayuda de uno de sus hombres, monta de nuevo en su corcel y se marcha sin volver la vista atrás ni un momento.

Entonces corro hacia ella. La princesa la ha dejado llena de cortes y moratones, pero podría haber sido mucho peor. Menos mal que no ha cumplido su amenaza de un duelo a muerte. Extraigo la petaca que llevo en mi alforja y unas cuantas vendas para limpiarle las heridas.

—¿Estás bien? —pregunto.

Verla así, en el suelo, respirando con dificultad y sangrando, no puedo evitar pensar en su madre. Irett fue mi primera jinete; yo era poco más que una cría cuando luchamos juntas en la guerra contra los invasores de más allá del océano.

Recuerdo sobrevolar el campo de batalla y aterrizar entre columnas de humo. Aún siento el aturdimiento y las palpitaciones en las sienes al recuperar mi forma humana mientras me tambaleaba gritando su nombre entre los cadáveres de amigos y enemigos. La veo allí, tumbada y malherida en un lecho de pedazos de roca calcinada, la cara amoratada y el pecho teñido de carmesí.

—Inora. —Su voz era apenas un susurro, casi no podía abrir los ojos.

—Aquí estoy —respondí. Tal vez fuera la inquietud del momento, la intuición de que algo terrible estaba a punto de ocurrir, lo que me llevó a reprenderla—. ¿Por qué tuviste que bajar a tierra? ¡Mira lo que te han hecho!

—Lo sé.

Los ojos comenzaban a llenárseme de lágrimas cuando levanté la vista, pero no parecía quedar nadie vivo alrededor. ¿Dónde estaban los curanderos del frente cuando más se los necesitaba? Su mano, helada, se aferró a la mía con las pocas fuerzas que le quedaban.

—No llegarán a tiempo. —Nuestra conexión entre dragona y jinete hacía que las palabras a menudo fueran innecesarias—. Pero eso ya no importa. Hemos vencido, Inora.

Sacudí la cabeza. La certeza de que la iba a perder me ahogaba de tal manera que toda respuesta quedaba aprisionada en mi garganta. Sentí que sus dedos callosos apretaban los míos.

—Hay algo que quiero pedirte. No me queda mucho tiempo —me dijo entre toses—. Protege a mi hija. Cuídala y ayúdala a romper la maldición que pesa sobre ella. Se llama Sherath.

En aquel momento, no imaginaba lo que implicaría el último deseo de Irett. No tenía manera de saber que su hija era una mestiza de troll y que acabaría recorriendo el mundo con ella en busca de alguien que la amara tal y como era. Solo el amor de un humano podría liberarla de su naturaleza troll y convertirla en humana de nuevo. Precisamente era esa misión la que nos había conducido hasta Horosh, pues el joven Kayran era amigo de la infancia de Sherath. Lástima que ya estuviera prometido, y nada menos que con la princesa de Remyn.

—Hemos perdido, Inora —murmura Sherath, y me devuelve al presente.

—Lo que importa es que estás viva y que te repondrás —contesto, y empapo una venda en el tónico curativo—. Aún nos quedan muchos lugares por recorrer y muchos humanos por conocer.

Sherath gime de escozor cuando el tónico le roza uno de los arañazos de la cara.

—¿No has oído a la princesa antes? Soy un engendro. He sido una idiota al creer que algún humano podría quererme.

—No digas eso.

Una rabia dolorosa arde en mi pecho. Si no fuera por mi forma humana, se me escaparía una esfera llameante por la boca. Detesto verla así. Conozco a Sherath desde que era una niña. Es tan valiente, tenaz y leal como lo fue su madre, pero también cálida, divertida e inteligente. Después de todos estos años como su protectora y mentora, se ha convertido en mucho más que eso para mí: es la mejor amiga que cualquiera podría desear. Ojalá el resto del mundo se tomase el tiempo suficiente para descubrirlo. Ojalá ella misma se diera cuenta del valioso tesoro que es. Incapaz de contenerme más y con una lágrima solitaria deslizándose por mi mejilla, me inclino para besarle la frente.

Sherath comienza a convulsionarse en el suelo.

Un grito desgarrador escapa de su garganta.

¿Qué demonios está ocurriendo?

El suelo parece temblar bajo nosotras.

Un destello cegador nos envuelve.

Me cubro los ojos para protegérmelos.

Transcurren unos minutos antes de que todo vuelva a la normalidad. ¿Todo? No.

Envuelta en ropas maltrechas y demasiado grandes para ella, una muchacha de cabello cobrizo me devuelve una mirada asustada. Una muchacha humana.

¿Es Sherath?

—¿Inora? ¿Qué ha pasado?

Es su voz. Suena distinta por la ausencia de colmillos, pero reconozco su timbre y sus inflexiones: su dulzura, su curiosidad, su cautela. El asombro me ha dejado muda. ¿Es posible que, después de todo, hayamos logrado romper la maldición?

—¡Inora! —exclama de repente mientras se mira las manos—. ¡Mi piel! ¡He cambiado!

Al pensar en todo lo que eso implica, tengo la sensación de que  mi corazón ha dejado de latir.

#muerodeamorCYLCON

Deja una respuesta

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Salir /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Salir /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Salir /  Cambiar )

Conectando a %s

Este sitio usa Akismet para reducir el spam. Aprende cómo se procesan los datos de tus comentarios.