Nuestros socios escriben

¡Te dije que no lo tocases!, un relato de Kate Lynnon

#esoslocosbajitosCYLCON

—¿Qué tienes ahí dentro?

—No puedo decírtelo.

—¿Por qué no?

—Es muy peligroso.

El niño se rascó la cabeza y achicó los ojos. Era obvio que no estaba satisfecho con la respuesta.

—¿Por qué es peligroso? —insistió—. ¿Es un monstruo?

—Algo así.

Lejos de espantarlo, aquello pareció llamar más la atención del chiquillo. Contuvo una exclamación; los ojos le brillaban con la curiosidad propia de la infancia.

—¿Qué clase de monstruo es? ¿Una hidra?

—No.

—¿Una arpía?

—Tampoco.

—¿Un cancerbero? ¿Un buey gigante?

—¡No! No es ninguna de esas cosas.

El hombre resopló. Apartó una de las manos del objeto esférico que sostenía y se secó el sudor de la frente; el exceso de peso le hizo inclinarse hacia un lado y encorvarse hasta que la barba le rozó el pecho. Suspiró de alivio al recuperar su posición original.

—La parte de abajo tiene dibujos —observó el crío—. ¿Qué son? ¿Abejas? ¿Es un huevo de abeja gigante?

—No es un huevo de nada. Vete a entretenerte con otra cosa y deja de molestar.

—No hasta que me digas qué tienes ahí.

—En primer lugar, no es nada que deba importarte —respondió el hombre con voz cansada—. Y en segundo, ya te lo he dicho antes: es un secreto y muy peligroso.

—Y si es tan peligroso, ¿por qué te lo han dado a ti en vez de guardarlo debajo de algún templo?

—Solo es algo temporal. Y tampoco es asunto tuyo.

—¡Oh, venga! ¿Y no puedes darme ni siquiera una pista de qué es? Es dorado; tiene que ser algo muy valioso.

El guardián emitió un gruñido y cerró los ojos con fuerza. Después echó al muchacho una mirada exasperada. Llevaba ya un buen rato interrogándolo y no parecía cansarse. Iba a ser imposible quitárselo de encima.

—Si te lo digo —comenzó—, ¿prometes que te marcharás y me dejarás en paz?

Una sonrisa iluminó su carita. Asintió con tanta energía que sus tirabuzones castaños se bambolearon.

—Lo prometo. Dímelo. ¡Por favor!

Antes de responder, el mayor titubeó; tenía órdenes de no informar a nadie de su tarea, pero ¿qué daño podía hacer ese cachorro? No llegaría ni a los diez años. Con suerte, o bien no entendería ni siquiera de lo que estaba hablando o creería que se trataba de un engaño.

—Verás, pequeño —bajó el tono—: ahí dentro hay un mundo.

—¿Un mundo? —El menor alzó una ceja lleno de perplejidad—. ¡Anda ya!

—Sí, así es. —Parecía que su plan estaba funcionando. En su fuero interno, el hombretón respiró—. Otro como el nuestro, pero en miniatura; como una semilla. Los dioses confían en mí para que lo proteja hasta que su mensajero pueda llevárselo a un lugar adecuado en el universo donde pueda crecer.

—O sea, ¿me estás diciendo que dentro de esa bola de oro hay otra Tierra como la nuestra?

—En efecto.

Había pensado que aquello haría que el chico perdiera el interés, que le pareciera demasiado inverosímil para prestarle atención. No obstante, lo que logró fue justo todo lo contrario.

—¡Enséñamelo! —pidió.

—No puedo enseñártelo.

—¿Por qué no?

—No es seguro, te lo he dicho ya.

—Solo un poquito. Solo ábrelo un poco para que pueda ver el interior.

—No es una buena idea. Podría escaparse algo.

—¡Tendré mucho cuidado! Solo será un momentito de nada.

—¡Que no! —bramó el guarda—. Además, yo ya he cumplido mi parte del trato. Ahora te toca a ti. ¡Lárgate!

Oyó al mozalbete soltar un gemido de frustración y lo vio darse media vuelta cabizbajo; al menos, lo dejaría en paz de una vez por todas. ¡Ingenuo de él! Antes de que pudiera alegrarse de perderlo de vista, el chiquillo se volvió de nuevo hacia él con una expresión pícara y comenzó a hacerle cosquillas en las partes del cuerpo que quedaban a su alcance.

—¡No! —chilló entre risas involuntarias—. ¡Para, por fav…!

Entonces sucedió: la comezón hizo que el guardián perdiera el equilibrio y su pesada carga se le resbaló de las manos. Se zafó como pudo del niño y corrió hacia la esfera con la esperanza de atraparla antes de que ocurriera una desgracia, pero fue demasiado tarde. Ante la mirada atónita de uno y el grito preocupado del otro, el cascarón tocó el suelo y se resquebrajó. Con un destello y un chisporroteo, un montón de fuerzas se abrieron paso a través de la grieta: bolas de fuego, animales hasta entonces desconocidos, nuevas constelaciones, seres indescriptibles, montañas, ríos, volcanes…

—¡Mira lo que has hecho! —El hombre se volvió hacia el jovenzuelo, que se encogió de miedo—. Ahora nuestro mundo no volverá a ser el de antes. Y ten por seguro que los dioses nos castigarán por esto.

Deja una respuesta

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Salir /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Salir /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Salir /  Cambiar )

Conectando a %s

Este sitio usa Akismet para reducir el spam. Aprende cómo se procesan los datos de tus comentarios.