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Te haré soñar, un relato de Yolanda López Aguinaga

Hace muchísimo tiempo, cuando aún no habíais nacido, renacuajos, la navidad era diferente. A cada niño nos regalaban una bola para ponerla en el árbol, el único que había, en el centro de la plaza del pueblo. Vaya mierda, ¿no? ¡Qué va! ¡Al contrario! ¡Eran bolas mágicas! La bola concedía un deseo a todos los niños con el corazón puro. El día de navidad, íbamos al centro de la plaza con nuestras bolas en la mano. Entonces había que cerrar los ojos y desear con todas tus fuerzas que el deseo se hiciera realidad. Todo era tan sencillo (o tan complicado) como tener el corazón puro.

Bolas de árbol de NavidadLas bolas despedían calor dentro de nuestras manos. Había que sujetarlas fuerte para que no salieran volando antes de tiempo. Con los ojos cerrados deseábamos con fuerza aquello que queríamos, hasta que las bolas quemaban y seguir reteniéndolas era difícil. Entonces abríamos los ojos y las bolas salían despedidas volando hacia su sitio en el árbol. Las veíamos flotar por encima de nuestras cabezas, lanzando destellos de mil colores, y cuando se posaban sobre las ramas y quedaban allí prendidas, relucientes como bombillas, sabíamos que en casa encontraríamos aquello que habíamos pedido. Casi todos los niños éramos puros de corazón.

Nunca nos habíamos parado a pensar cómo aquello era posible, para nosotros era lo normal: la magia de la navidad. Era así, y punto. Pero llegó un año en el que sucedió una terrible desgracia. Las bolas que encontramos a las puertas de nuestras casas el día de Nochebuena, no eran bolas no eran mágicas. No había más que mirarlas, eso no podía ser mágico de ninguna de las maneras. Eran vulgares, de colores feísimos, y ni siquiera brillaban. Estaban sucias, como si alguien las hubiera conservado durante años en un trastero y no se hubiera molestado ni pasar un trapito para quitarles el polvo. Era dificilísimo pensar que aquella porquería pudiera conceder deseos.

A pesar de todo, algunos niños fuimos a la plaza como siempre, convencidos de que de alguna manera, esa cosa seguía siendo una bola de los deseos y funcionaría igualmente, como siempre lo había hecho, a pesar de su lamentable aspecto.
Cerré los ojos como siempre, fuerte, ¡muy fuerte! y deseé con todas mis fuerzas y la pureza de mi corazón mi regalo. Pero aquella cosa en vez de iluminarse y volar reventó con un seco «plof» entre las manos, y despidió un vapor plateado que se metió por la nariz. Sin darnos cuenta ni tener tiempo para el desconsuelo, todos los niños de la plaza caímos en un profundo sueño.

Cuando despertamos, nos encontramos en una habitación oscura. No entendíamos que había pasado, ni sabíamos dónde estábamos. No se veía nada y deseé con todo mi corazón que alguien nos sacara de allí. Pero claro, no tenía bola de los deseos, así que aquello no podía ser solo por desearlo ni con toda la pureza de mi corazón. En medio de la oscuridad vimos brillar una pequeña chispa de luz. Parecía una pequeña luciérnaga, se apagaba y se encendía, y cada vez brillaba más, se hacía más grande en cada parpadeo. Poco a poco tomaba forma humana y terminó por perfilarse completamente. Era una mujer rubia y muy guapa que se parecía muy poco a cualquier mujer que yo hubiera visto hasta entonces, a mi madre o a la madre de nadie. Se parecía a las hadas y las princesas de los cuentos. La diferencia entre esa señora y las otras que yo conocía era tan clara como la diferencia entre las bolas que sí tenían magia de la buena y las que no. Saltaba a la vista, resplandecía. La habitación se llenó de luz y no salía de ningún sitio más que de ella.

Así es que vimos que al fondo de la estancia, había un pasillo oscuro. Todos nos quedamos mirando a aquella mujer, esperando que nos dijera algo. Hasta los niños que no habían hecho más que llorar desde que habíamos despertado, callaron y la observaban suplicantes.

―Escuchadme todos, niños― nos dijo por fin–. Os he traído aquí para entregaros las últimas bolas mágicas que recibiréis por navidad.

Todos nos quedamos helados al oír aquello. ¿Las últimas? ¿Ya no habría nunca más bolas de deseos por navidad? ¿Qué iba a ser de la navidad y su magia entonces? Algunos niños se echaron a llorar desconsolados. Otros no, pero poco nos faltaba.

―Así que tenéis que escucharme bien― repitió―. Os daré una bola mágica a cada uno, y será la última. Tenéis que mantenerla viva para que su luz os ayude a recorrer este pasillo oscuro y podáis salir de aquí. Después, podréis pedir vuestro deseo. Pero recordad bien que será el último deseo que os concederá la magia. La magia va a morir. ― Cuando dijo esto, ella también pareció que iba a ponerse a llorar.

―Sí, ¿pero dónde están nuestras bolas? ―interrumpió una niña impertinente.

La señora levantó las manos, las puso a la altura de sus ojos. Dentro del negro de las pupilas empezó a temblar una pequeña chispa azul. Igual que la luz de la que había aparecido la mujer en la habitación, esta chispa se encendía y apagaba, haciéndose más grande y brillante cada vez que volvía a lucir. En unos instantes, dos pequeñas bolas azules de los deseos titilaban a medio camino entre los ojos y las manos de aquella señora. Las dejó crecer un poco más, antes de conducirlas  con movimientos suaves de las manos, flotando en el aire, hacia los dos primeros niños de la fila. Se quedaron tan embobados que casi no se atrevían ni a cogerlas, mientras los demás teníamos ganas de darles una buena colleja para que espabilaran y cogieran por fin sus bolas, que mirábamos con ansiedad. ¿Cuándo nos tocaría a los demás? ¡Eran perfectas! ¡Nuevas! ¡Recién salidas de las manos de la magia! ¡Las más bonitas que habíamos visto jamás! Parecían tener vida propia, como pequeños animales bailarines.

―Vamos, niños. Recordad lo que os he dicho. Coged vuestras bolas ―dijo mientras sus ojos ya comenzaban a brillar de nuevo, esta vez en color anaranjado―. Y no gastéis su magia antes de llegar al final del pasillo.

Sin embargo, yo sé de muchos niños que no hicieron caso, porque una bola nueva de los deseos es algo demasiado tentador, y seguían tan asustados que tal vez no pudieran contener su deseo de volver a casa, o de que todo hubiera sido un sueño. ¿Qué habrá sido de ellos? A algunos no los volví a ver, y se escucharon después muchas historias sobre niños perdidos, niños tontos que no tienen cuidado con lo que desean.

―Vamos, niños ―seguía apremiando, mientras continuaba haciendo aparecer bolas sin cesar—. No tenemos todo el día, tenemos que acabar antes de que vuelva.

―¿Antes de que vuelva quién?― pregunté cuando llegó mi turno. Ella me ignoró, y yo a ella en cuanto tuve mi bola entre las manos. Era plateada, mi color favorito. La fascinación de tenerla conmigo dejó atrás la curiosidad. ¡Tenía mi bola! ¡Qué podía importar lo demás! ¡Al cuerno todo lo demás, tendría mi deseo!

―Cruzad primero el pasillo. Y pensad bien que vais a pedir. ―Insistió de nuevo―. Me tengo que ir― dijo desapareciendo tal como había aparecido, una vez que todos los niños teníamos nuestras bolas.

Entonces la única luz que quedó fue el resplandor en nuestras manos, y costaba ver la entrada hacia el túnel. Los últimos niños formamos un grupo y comenzamos a caminar juntos para ver mejor. Aunque no había nada que ver, solo unas paredes desnudas de piedra rugosa a los lados, y más pasillo oscuro hacia delante. Todos íbamos pensando en qué pediríamos; ella había dicho que lo pensáramos bien. Y yo, cuando llegamos al final del túnel, no terminaba de tenerlo claro. Muchos niños creo que no pensaban en serio, de verdad, de la buena, que ese deseo fuera a ser el último. Pero yo sí lo creía. Ella lo había dicho bien claro y no tenía pinta de estar de broma.

Llegamos por fin a una sala iluminada por una pequeña antorcha. No había por donde salir, las paredes eran de la misma piedra tosca que el pasillo por el que habíamos llegado. Pero algunos niños ya habían pedido sus deseos, y sus bolas, en vez de volar hasta el árbol, se habían dispuesto contra una de las paredes dibujando el perfil de una puerta. El trozo de pared que quedaba dentro, iluminado por el resplandor de las bolas, comenzaba a transparentarse. Más allá, se adivinaba el sendero que bajaba de las colinas del parque infantil a la plaza del pueblo. Ese camino lo conocíamos todos. En cuanto todas las bolas estuvieran en su sitio, es decir, en cuanto todos hubiéramos hecho nuestro deseo, podríamos volver a casa sin problemas.

Pero yo aún no sabía qué pedir. Pasaron unos minutos que no supe qué hacer, quería pensarlo bien, muy bien. Pero no había mucho tiempo. Me puse muy nerviosa, hasta que no hiciera mi deseo no podríamos salir de ahí. El resto de los niños se pondrían nerviosos también si tardaba mucho. Tal vez hasta me quisieran quitar mi bola.
Entonces me di cuenta de que en una de las paredes había una grieta por la que se filtraba un rayito de luz. Era una grieta muy estrecha pero podía ver bien porque casi todos los niños ya estaban pidiendo sus deseos, sus bolas brillaban y querían volar fuera de sus manos.

Por entre la grieta, vi a la mujer hermosa que nos había dado las bolas. Estaba llorando, y me dio mucha pena. En ese momento, alguien entró con una gran antorcha en la mano. Era el hombre más alto y fuerte que había visto en mi vida, más que mi padre, más que el padre de nadie. Aquel hombre daba miedo. Era un gigante, casi dos veces más alto que la mujer. Llevaba colgada de la cintura una enorme espada negra reluciente. Y su cara no era amable, era sombría y oscura. Estaba enfadado, fruncía las cejas y al hablar parecía que gruñera como los osos.

Se pusieron a discutir. No entendía bien a través del grueso muro qué decían, pero el tono era el de papá y mamá cuando te mandan a tu cuarto. Ella gesticulaba y hablaba mucho, él parecía simplemente decir  a todo que no e ignorar lo que ella parecía querer explicarle. Pronto empezaron a gritarse mutuamente y les pude oír bien. Al principio, solo daba miedo el gigante, pero cuanto más discutían más miedo daban los dos: el hombre por lo grande que era, por su voz atronadora como salida del fondo de una cueva. Y ella porque despedía rayos brillantes de todos los colores por los ojos y la punta de los dedos.

―He dicho que te deshagas del baúl dorado. Los mortales no lo merecen, todos los años les das un deseo a esos malditos renacuajos a cambio de nada. ¿Y qué piden, que terminen las guerras, el hambre, las miserias o que reine el amor y la felicidad? ¡Piden juguetes, por todos los dioses benditos!

―¡Porque son niños, por el amor de dios! ¿Qué quieres que pidan, inventar el autogiro?

―¡Pues dales la magia a los adultos!

―¡Ningún adulto tiene el corazón puro, pedazo de asno!

―Mejor dicho, ¿por qué tienes que regalarle la magia a nadie? Yo te la regalé a ti.

―Tú lo has dicho. ¡Es mi magia y haré con ella lo que me dé la gana!

―Se acabó, no es tu magia, nunca debió serlo para que la usaras de forma tan irresponsable, y ya no lo será más. Cuando te regalé el baúl dorado no pensé que fueras tan inconsciente.

La mujer se cruzó de brazos y gritó «¡Pues haz lo que te dé la gana!» Entonces él arrastró un pesado cofre dorado de tamaño enorme, casi tan grande como para meter a varias personas dentro. De entre las rendijas de la tapa se escapaban rayos de luz de muchos colores. Olía a un montón de cosas buenas: a pan, a chocolate, a flores. Y se escapaban también ecos de risas. El hombre sacó su enorme espada y la levantó por encima de los hombros dispuesto a descargar toda su fuerza contra el baúl.

Yo pensaba que ellos no podían saber que les estaba viendo, pero ella entonces me miró, miró directamente a la grieta detrás de la cual mi bola y yo estábamos desperdiciando un tiempo precioso. Su mirada era muy triste. Terminé de creer que era verdad todo lo que nos había dicho, que la magia iba a morir. No entendía si no su tristeza. Ella se había tomado muchas molestias en traernos hasta aquí para sustituir aquella castaña de bolas feas por bolas en condiciones, nuevas y buenas. Y entonces se me ocurrió una idea. Yo tenía mi bola y podía desear lo que me diera la gana. Y supe lo que iba a desear. Así que cerré los ojos con mi bola prieta, muy prieta entre las manos.

***

―¿Y qué deseaste, mamá?

Mucho rato ya habían estado callados, sin interrumpir el cuento ni apostillar cada dos palabras.

―Bueno, yo quería que la magia no muriera. Pero eso es un deseo incompleto, ya sabéis que hay que tener mucho cuidado con lo que se desea. Pensé que era mejor desear que la magia de las bolas siguiera viviendo, pero en otro sitio.

―¿Y dónde pediste que viviera, mami?

― En las palabras. Deseé que viviera en las palabras, que algunas palabras fueran mágicas.

―¿Y por qué pediste esa casa tan rara?

―No sé, se me ocurrió de repente. Pensé que así podría usar la magia todo el mundo que lo deseara de verdad. ¿Qué hubieras pedido tú, cariño?

―Una Playstation.

―Bueno, para eso no hace falta magia. Pero para que se duerman los niños pesados, sí.

Los niños se rieron y parecieron captar la indirecta. Los arropé y besé, como siempre, observándolos desde el marco de la puerta de su dormitorio, antes de apagar la luz. Cerré los ojos fuerte, muy fuerte, y me concentré en la palabra «soñar».

Los niños cayeron en un profundo sueño de forma instantánea. Cualquiera que lo hubiera visto se habría asustado, parecía que les hubieran pegado un tiro… pero yo no. Elegí las palabras más hermosas que conocía para que toda la magia se concentrara y viviera solo en ellas. Demasiadas palabras, y algunas muy feas, como para darles a todas su ración de magia. Elegí palabras hasta que la bola me empezó a quemar las manos, y el dolor me obligó a dejar mi última bola de los deseos marchar, llorando de tristeza y rabia.

Tal vez no elegí del todo bien las palabras en las que guardar la magia, pero desde luego, algunas me estaban resultando increíblemente útiles.

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