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Mobbing, un relato de Marco Granado

#lamuerteossientatanbienCYLCON

La Muerte se miró al espejo. Estaba irreconocible. Entre la peluca del todo a cien, las gafas de sol y la mascarilla no se distinguía un centímetro de hueso. Los guantes de látex se ajustaban demasiado a sus falanges, pero para un rato, daban el pego. Por si acaso, se echó la capucha por encima. Tenía cita con una abogada. No se acordaba del nombre, y lo prefería así. A los vivos no solía sentarles bien que ella se fijara mucho en ellos.

Le abrió la puerta una mujer.

—Hola, soy Azra Eltana. Me dijeron por teléfono que viniera a las once.

La mujer se presentó como Rebeca. Le dijo que no tenía anotada su cita en la agenda, pero podía atenderla. La invitó a pasar a una habitación amplia, con un escritorio a un lado y un ambiente como de sala de estar. La mujer se sentó en un sillón e invitó a la Muerte a sentarse en el sofá.

—Quizás podría ponerse más cómoda, Azra —señaló hacia su cara.

—Estoy bien así. Oh, no quiero parecer grosera. Las gafas son graduadas, tengo un ligero problema de fotofobia.

—Como prefiera. ¿En qué puedo ayudarla?

—Es un problema laboral. Con unas compañeras de trabajo. Me hacen mobbing.

—Ajá.

—Somos cuatro. Siempre hemos ido juntas a todas partes. Pero últimamente me hacen el vacío. Quedan entre ellas y no me avisan, cuchichean y se callan si me acerco, cosas así.

—¿Cómo le afecta eso?

—¿Usted qué cree? Como una patada en toda la… Perdón. Éramos un equipo, y ahora solo me quieren para recoger la mierda que dejan a su paso. Siempre lo he hecho, no me importa. Pero ahora es diferente. Se sienten superiores a mí y me lo restriegan por los morros. Sobre todo la Gloria, todo el día pavoneándose. Es la única que no me da trabajo, pero porque no hace nada. Una jodida inútil, eso es lo que es. No la soporto.

Conforme hablaba, fue alzando el volumen de voz y echándose más hacia delante. Rebeca asentía, atenta a sus palabras.

—Perdone, es que esto me supera —se disculpó la Muerte—. Nuestro trabajo está muy relacionado entre sí. Lo que hace cada una afecta a las demás. Y yo, además de mi parte, que ya es, tengo que ocuparme de lo que van dejando. No sé si me explico.

—Me hago una idea.

—Descanso poco, no me asusta el trabajo. Como digo yo, disponible veinticuatro horas al día, los siete días de la semana.

—Eso es mucha dedicación, Azra.

—Estoy acostumbrada, no me quejo. El día que pare será porque todo se ha ido al carajo.

—Parece que el trabajo tiene mucha importancia para usted.

—No sé hacer otra cosa.

—¿Y no queda espacio para nada más?

La Muerte se echó atrás en el sofá.

—Nunca lo había visto de esa forma.

—¿Hay alguna persona? ¿Familia? ¿Algo que le guste hacer?

Volvió a ponerse rígida.

—Estábamos las cuatro, y era suficiente. Ha sido la Gloria, esa tipa asquerosa. Claro, como tiene un caballo blanquito, mucho más bonito que el mío…

—¿Usted tiene un caballo? Eso es más de lo que puede decir mucha gente.

—Bueno, no es gran cosa. Es bayo, y está flaco. Todo huesos.

—Seguro que es precioso. ¿Cómo se llama?

—No tiene nombre. Nunca se me ocurrió ponerle uno.

Hubo un instante de silencio. Rebeca miró con discreción a la pared, donde un pequeño reloj marcaba la hora.

—Azra, me da la impresión de que puede hacer algo para llevar una vida mejor. Y de que usted, ahora, también se ha dado cuenta de eso.

La Muerte ladeó la cabeza.

—¿Una vida mejor para mí? Tiene gracia…

—Ahora tenemos que parar. Tengo una sesión con otra persona. Si quiere, puedo reservarle una hora, y continuar dónde lo hemos dejado.

—Ni siquiera hemos hablado de la denuncia. Por mobbing.

Rebeca la miró, con cara de extrañeza, hasta que abrió mucho los ojos.

—¿Tenía una cita con una abogada?

—Eh… Sí, claro.

—Es en la puerta de al lado. Yo soy psicóloga. Psicoterapeuta.

—Oh, vaya. Qué embarazoso.

—Quizás aún está a tiempo de llegar a su cita. Aquí tiene mi tarjeta, Azra. Si quiere que volvamos a vernos, me llama. Estaré encantada de atenderla.

La Muerte bajó por las escaleras. La tarjeta giraba entre sus dedos a más velocidad de la que el ojo humano podía percibir. «Tiene que ser un nombre potente —pensó—, cuya sola mención inspire pánico. ¿Bucéfalo? Nah, ese ya está cogido. ¿Pavor? Demasiado explícito…». Ladeó la cabeza, y entre el segundo y el tercer piso abrió un portal interdimensional de vuelta al Hades.

5 comentarios en “Mobbing, un relato de Marco Granado”

  1. ¡Me encanta! Digno de Mundodisco (solo que según Pratchett eran todos hombres, me gusta este giro).
    Ya decía yo que la reunión con Rebeca parecía más una sesión de terapia que un asunto legal…

    Le gusta a 1 persona

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